Hace ya más de una semana del día de mi cumpleaños. Cada vez son más las cifras que lo adornan. Pero ya no hago tristeza de la cantidad. Quizá sí, un poco, de la calidad. No de mis años, que los vivo cada vez con mayor fruición, sino porque uno se encuentra ciertos desiertos sentimentales en los cuales, todavía, tiene esperanza de que florezca algo.
Todos los años, el día de mi aniversario organizo, junto con una amiga, una fiestilla que reúne a algunos amigos y en la cual, aparte del, para mí, denostado momento de la entrega de presentes, nos lo pasamos bien porque tenemos un momento de divertimento. Este año no organicé nada. A mi amiga no le apetecía emprender una actividad en la que tenía que invitar a gente con la cual no se sentía del todo cómoda. Yo tampoco tenía ganas de emprender la labor de comunicarme con gente con las cuales el espacio se va alargando con la proporción del tiempo de ausencia.
Estuve en casa. Muchos me llamaron y me felicitaron por el acontecimiento. Hasta algunos se atrevieron a solicitar la posibilidad de vernos otro día para hacerme llegar unos presentes. Al día de hoy otros han propuesto que me pase por sus casas a recogerlos. Sin embargo nadie consideró que, aunque no le hubiera dado relevancia al acontecimiento, al no organizar un encuentro, el acontecimiento existe y el encuentro podía partir de ellos aunque yo no lo organizara.
Pero todo sigue igual. Seguro que alguno celebró la no existencia de encuentro para así no sentirse incomodado a salir de sus rutinas y deseos. Y no tener otra obligación incomoda