Ayer, después de culminar la labor pendiente con las ventanas (las jodidas nunca quedan limpias), me llamaron unos amigos para que los visitara en su casa (ya no me llaman para visitarme, sino para que vaya a visitar como a enfermera por enfermo). No me disgusta visitar. También me alegra ser visitado. Pero últimamente con la emancipación de mis amigos el resguardo de su casa los satisface y los llena de protección. Salen menos, necesitan menos que antes el ambiente callejero y realizan en el interior de sus casas todas las tareas de ocio y de negocio que necesitan para subsistir.
Yo los visito. Las actividades son limitadas por el espacio, por los vecinos y porque cuando uno está en su casa se autoimpone una serie de normas que impiden, en muchos casos, estar en la comodidad de no preocuparse. Cada vez la experiencia es menos grata. Se relaja mucho la cortesía al invitado y se le inserta en la laboriosidad de tareas (con los problemas de discusión que ello conlleva) que no son las que busca el que va a visitar.
Aunque somos más que amigos hermanos, no procuran el sentimiento benefactor para el que viene a su casa. La sonrisa abierta y el arte del distraimiento. Vas a visitar un capítulo más de su cotidiana vida.
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